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En el Reporte Global de la Música del pasado mes de abril, la IFPI señaló un crecimiento del 3.2% respecto del 2014 en materia de ingresos, tal como puede verse en la gráfica:

Estado de la música.png

A pesar de que la industria musical está muy por debajo de los niveles de hace 10 años (y a años luz de las cifras de finales de los 90), este leve crecimiento resulta esperanzador. Su impulso está en el aumento de los ingresos obtenidos por usos digitales, que representan la mayor parte del total con un 45%, seguido por los ingresos por explotación en soportes físicos (39%), los ingresos por ejecuciones en vivo –Performances Rights- con un 14%, y los correspondientes a derechos de sincronización, (esto es la utilización de fonogramas en videos, películas, series de TV, comerciales etc. que representan un 2%).

Los ingresos por usos digitales crecieron un 10,2% a nivel global, impulsados por los obtenidos en razón de servicios de streaming. En efecto, el streaming hoy representa el 43% de los ingresos digitales a nivel mundial, y en países como Estados Unidos este rubro creció un 90%, mientras que en Latinoamérica el aumento fue de un 80%. En México el Streaming supone el 83% de los ingresos digitales y en países como Argentina, Bolivia, Chile, Colombia, Ecuador, Paraguay, Perú y Uruguay los ingresos por streaming superan a los de descargas digitales.

Este importante crecimiento obedece en buena medida a la irrupción de plataformas como Spotify, Deezer, Pandora, Apple Music, Tidal, Rapsody, Google Play Music, quienes ofrecen servicios por suscripción, bajo el modelo freemium-premium.

Las anteriores plataformas son un  buen ejemplo de que ofrecer contenidos digitales de calidad, con valores agregados y a precios asequibles, es una excelente estrategia de lucha contra la piratería.

Sin embargo, a pesar de lo esperanzador de las cifras, persiste la sensación de que a la industria musical (y por ende a los artistas y a los autores), no se les está remunerando de manera justa el uso de sus obras. Por el contrario, parece ser que buena parte de las ganancias se las quedan los intermediarios que utilizan contenidos artísticos como señuelos para atraer usuarios, pero que no están dispuestos a reconocer regalías a los autores o por lo menos no en la medida de un justo valor. Lo anterior es lo que se conoce como la “Brecha de Valor” o en inglés “the Value Gap”.

En el informe de IFPI se hace el siguiente racionamiento: existen dos tipos de plataformas de streaming, de un lado, las de suscripción como Spotify o Deezer que operan bajo el modelo de suscripción freemium-premium y que están dispuestas a negociar y pagar regalías por el uso de las obras, y por otro lado están las plataformas que operan bajo el modelo de publicidad insertada, que son renuentes a pagar regalías por el uso de las obras y prestaciones bajo el argumento de que ellas no son las que suben los contenidos a la red sino sus usuarios, lo cual les permite ampararse en los famosos puertos seguros de la DMCA (para más información sobre los puertos seguros ver nuestra entrada del 10 de marzo).

IFPI ejemplifica lo anterior de la siguiente manera: mientras que las plataformas de streaming, que trabajan bajo el modelo de suscripción, tiene un aproximado de 68 millones de usuarios y pagan alrededor de 2 mil millones de dólares, las plataformas que operan bajo el modelo de publicidad insertada cuentan con un aproximado de 900 millones de usuarios pero apenas pagan 634 millones de dólares:

The Value Gap 1.png

De forma concreta IFPI compara lo que una plataforma de suscripción como Spotify paga en proporción por cada uno de sus usuarios, esto es USD $18, frente al dólar que You Tube cancela en la misma proporción:

The value Gap 2.png

Varios artistas han denunciado esta brecha de valor, algunos como Nelly Furtado criticaban duramente a You Tube por la anterior situación. La respuesta de You Tube no se hizo esperar, y a través de un comunicado del pasado 28 de abril básicamente asegura que no se le puede comparar con Spotify, y que estiman que sus usuarios apenas pasan hora y media al mes viendo música, comparado con las 55 horas que se calcula gastan los usuarios de la plataformas por suscripción.

Hay un aspecto importante desde el punto de vista económico y jurídico en la anterior situación: el relativo a una posible distorsión de mercado. En efecto, si al amparo de los  safe harbors se está facilitando que competidores en el mercado digital tomen ventajas competitivas al  exonerarse de deberes que otros competidores si deben atender, estamos ante un escenario que merece la atención de las autoridades de competencia de todo el mundo.  Por lo pronto habrá que esperar si la Comisión Europea aborda este tema en la publicitada reforma al régimen de derecho de autor y en su objetivo de consolidar un mercado único digital, lo cual marcará un derrotero para el resto del mundo. 

*Las imágenes utilizadas en esta entrada fueron tomadas del Reporte Global de la Música de IFPI.

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